El matrimonio de doctores William y Dakota Block (Josh Brolin y Marley Shelton) descubren que las calles se han inundado de habitantes del pueblo afectados de espantosas erupciones gangrenosas y una mirada sospechosamente vacua en sus ojos. En un hospital está Cherry (Rose McGowan), una go-go cuya pierna le fue arrancada durante un ataque en la carretera. Wray (Freddy Rodríguez), su anterior pareja, está a su lado e intenta ayudarla. Puede que Cherry esté en el suelo, pero no ha llegado aún la hora de su último baile.
Suponemos que la mayoría de los lectores saben que esta peliculilla formaba parte de una gamberrada de Rodríguez y Tarantino consistente en recrear el espíritu de las sesiones dobles de los cines de barrio de los setenta. Grindhouse, que así se llamaba el invento, constaba de dos mediometrajes, varios trailers falsos (dirigidos por nuevos directores-estrella del género) y algún que otro anuncio de restaurantes cutres. La idea es curiosa, aunque tampoco el colmo de la originalidad, ya que hace varios años el director Jonathan Morgan hizo básicamente lo mismo en Double Feature, un graciosísimo porno conocido en estas tierras como La Noche de los Zombies Calientes.
El caso es que Grindhouse ha resultado ser un producto demasiado arriesgado, pese a su moderado presupuesto. Básicamente estaba destinado a lectores de Fangoria o connoisseurs de la serie B (de esos que se saben de cabo a rabo Mondo Macabro), con lo cual la fauna de multicine solía irse al acabar la primera película sin tener ni idea de que había otra película después de la de Rodríguez, y sin entender la mayoría de los chistes que habían visto. La triste acogida por parte de la masa palomitera alteró a los peseteros productores Weinstein (introduzca aquí su chiste sobre mafiosos o judíos avaros) quienes, como ya hicieran con Kill Bill, convirtieron una película en dos para poder sacar el doble de dinero a los fans. De esta manera, en España vamos a tener que ver las dos películas sacadas fuera de contexto, algo así como cuando vemos un film en 3D transformado a bidimensional para su emisión por televisión. Si en Los Crímenes del Museo de Cera no comprendemos muy bien a qué viene la escena de la paleta de ping pong, algún espectador se extrañará ante los efectos de postproducción de Planet Terror que, mediante cosas como rascaduras o "pérdidas" de rollos, tratan de imitar el look de las copias de escasa calidad que se proyectaban en las sesiones dobles. Si bien Tarantino ha logrado imitar a la perfección la textura visual de los films baratos de los setenta en Death Proof (la otra película de Grindhouse), en el fim de Rodríguez este deterioro voluntario de la imagen resulta ligeramente más artificioso, demasiado digital.
En todo caso, los seguidores del género de terror disfrutarán de un buen puñado de homenajes a películas de culto, especialmente las de John Carpenter (la banda sonora o la secuencia de los "zombies" acosando con parsimonia a Jeff Fahey) o el terror italiano de Fulci y compañía (esos zooms brutales o los purulentos efectos de maquillaje). Eso por no hablar de un reparto en el que aparecen nombres tan queridos por el aficionado como Michael Biehn o Tom Savini. Por supuesto, Planet Terror incluye el obligatorio guión lleno de absurdas estupideces, las secuencias de violencia gratuita y los asquerosos efectos gore, elementos necesarios en cualquier película de explotación, al igual que el sexo. Respecto al elemento picante, es cierto que en el film aparecen mujeres impresionantes exhibiendo sicalipsis, pero Rodríguez (como Tarantino), sigue siendo algo tímido al respecto, limitándose al terreno del erotismo más softcore, con una escena de sexo en la que apenas se ve nada. Menos mal que el director chicano sigue fiel a su autoría y nos vuelve a regalar otra escena de bailecito sexy protagonizada por una moza de impresión, en esta ocasión la featractiva Rose McGowan, sucediendo a la Salma de Abierto Hasta el Amanecer y a la Jessica Alba de Sin City.
Y es que sí, esto es un homenaje al cine de explotación, pero también es una clásica película de Robert Rodríguez, pero...¿acaso no son todas las películas de Robert Rodríguez las herederas del cine de explotación más tontorrón y efectivo? La legión de cinéfilos que aborrecen a este individuo por chapucero y falto de talento tienen un argumento más para seguir en sus trece, pero el aficionado que se deja contagiar por la alegría con las que este mastuerzo realiza sus peliculitas por fin tiene la oportunidad de gozar en este soso verano con un film realmente divertido y poseedor de algunas imágenes que tienen todas las papeletas de convertirse en iconos de la serie B, como son el derretimiento de la polla de Tarantino o la pierna ametralladora de la McGowan.
Sí, es una de esas películas.