Huck (Eric Bana), un jugador de póker profesional, es conocido en la ciudad como un tipo intrépido -- un jugador que se entrega a fondo, siempre. Pero en sus relaciones personales, Huck no se arriesga, evitando expertamente compromisos emocionales y expectativas a largo plazo. Cuando Huck se propone ganar la principal prueba de la Serie Mundial de Póker -- al tiempo que intenta conseguir el cariño de Billie (Drew Barrymore) -- un obstáculo importante se interpone en su camino: su padre, L.C. Cheever (Robert Duvall), la leyenda del póker que abandonó a la madre de Huck hace años. Al final, es Billie la que tiene que tomar una decisión. Si van a tener alguna oportunidad, ella va a tener que enseñarle a Huck que para ganar en los juegos de la vida y el póker, debe intentar jugar a las cartas del modo que ha estado viviendo su vida y vivir su vida del modo que ha estado jugando a las cartas.
Aunque de moraleja algo cansina y sobada (personaje que se arriesga en el juego pero se blinda en su vida personal aprenderá a no ser tan sieso), este es un film que se degusta por su corrección impoluta. La puesta en escena de Curtis Hanson está exenta de cualquier impureza circense, derrochando ese clasicismo cada vez menos habitual en el que los planos adecuados y el montaje preciso están al servicio de la historia, no de la egolatría del director. Bueno, al servicio de una historia que prácticamente, está diseñada para lucimiento de los actores, en especial dos estupendos profesionales de distintas generaciones: el legendario Robert Duvall y el ascendente Eric Bana.
En este punto hemos de aclarar que Supernovapop ha visto la versión doblada de Lucky You, lo cual no es lo más apropiado para una "película de actores". En todo caso es una gozada reencontrarse en el cine, aunque sea brevemente, con Charles Martin Smith, ese excelente actor al que teníamos algo perdido. También son destacables las secuencias en las que refulgen el gran Robert Downey Jr y Phyllis Somerville, cuyo rostro arrugado posee más fotogenia que las decenas de yonquis del botox que infestan las pantallas hoy en día.
Por desgracia, la historia de amor del film parece algo forzada, como si hubieran querido convertir una película de póquer en "una de amor". Parte de la culpa es de algún que otro diálogo ñoño y obvio, y parte por la casi caricaturesca interpretación de Drew Barrymore, entrañable actriz que nos cae muy bien y que casi es parte de la familia desde los tiempos de E.T. , pero que aquí rechina como un diente en una pizarra.
Lo dicho, un vehículo de lucimiento, no especialmente memorable pero que no puede desagradar a nadie, salvo que ya vaya con ganas de bronca al cine.