Está bien. Un servidor lo reconoce. En lo referente a los hábitos de consumo musical tengo mis supersticiones absorbidas gracias al escurridizo “boca oreja”. Seguramente, la más arraigada concierne a la presencia entre el público asistente en una sala de conciertos cualquiera del individuo que asegura el éxito de un espectáculo. El bien llamado Don Garantías. Chaparro con pelo blanco y de mirada sibilina bajo unas finas gafas negras, asegura su presencia exclusivamente a los conciertos más selectos. Sentarme justo detrás de él fue mi instinto más inmediato y primitivo en toda la velada. Y es que haciendo honor a su nombre de garantía certificada, el concierto de Baby Dee y Marc Almond fue una deliciosa ración del mejor elixir de amor a la música en mayúsculas con rosas y claveles rojos como respuesta de un público maduro agradecido.
Marc Almond repartió amor de eterno solitario nostálgico a borbotones
Una noche diáfana y serena excelente para los noctámbulos más taciturnos tuvo en la hiperbólica figura de Baby Dee la anfitriona ideal. Paliducha y peinada como el Actor Secundario Bob de Los Simpsons inyectado en dosis altas de prozac, desgranó su reciente álbum Safe inside the day acompañada de piano y su queridísima arpa. Quería entender por qué el gran David Tibet primero, y Bonnie Prince Billy, Matt Sweeney y Marc Almond entre otros tótem de la canción de autor habían caído rendidos ante su singular presencia. Asunto resuelto al final de la interpretación de la primera canción. Era asombroso observar su facilidad para trasladar al público en un santiamén a un mundo de cuentos medievales habitado por reyes sombríos con cortesanas y juglares viciosos. A nivel lírico no se puede ser más polifacético. Mil registros y tonalidades vocales sumergidas dentro de un cuerpo espasmódico. Los que han visto actuar a Anthony & The Johnson ya saben a lo que me refiero. Gran detalle cuando al plantarse ante su arpa le plantó un beso, se quitó los zapatos espiritualmente y acarició el bello instrumento como solo se palpa a un amante; a veces dulce y, la mayor de las veces, con una pasión casi violenta. Bravo Baby Dee.
Lo de Marc Almond fue la guinda de la tarta. O estás con él a muerte o lo odias sin reparos. Y está claro que el público asistente en la Sala Apolo de Barcelona lo adoraba y él a ellos. Un amor recíproco como pocos. Cuando todos se quieren y hasta el chirriar de la puerta de los aseos pasa a ser un sonido celestial la batalla está ganada de antemano. Si decides entrar en el juego marcado por las reglas del magnate ochentero (Sir) Marc Almond la experiencia es de lo más reconfortante. Sesión pura y dura de cante con acting del bueno. Apareció a escena impoluto como pocos. Abrigo negro de corte largo hasta debajo de las rodillas, pañoleta púrpura con ribetes dorados en el cuello y pantalones de pinza intachables. Abordaba cada canción como si fuera su último canto o como si estuviera ante El Tribunal para interpretar al personaje principal de una obra de Shakespeare. Después de cada uno de sus movimientos corporales – algo que se le escapa de las manos, una cara de súplica, un puñetazo al aire, los brazos en forma de cruz o un puño al alto - parecía imposible imaginar según qué palabra o concepto sin su gesticulación tan expresiva como efectiva. Todos los individuos nobles tienen una sombra de melancolía decadente y venerable a partes iguales. Cualquier otro insensato que intentara semejante representación sería tildado de pomposo o ñoño de inmediato. No es el caso de Marc Almond. Este traje lo viste a las mil maravillas. Le sienta bien, sí señor.
Empezó junto a Baby Dee con la redentora "I will live another day" con la que era inevitable no recordar el accidente de tráfico que casi acaba con su vida. Ya con sus dos músicos entró en calor alternando temas de Stardom Road con otros más emblemáticos con recordatorio para su amado Jaques Brel. Tal y como se despojaba de algunas de sus prendas de vestir, entregaba alguna nueva porción más de energía vital que pululaba a sus anchas por el recinto. Marc Almond repartió amor de eterno solitario nostálgico a borbotones. El respetable contraatacó con rosas blancas y claveles rojos anónimos por doquier al final de cada una de sus interpretaciones o performance. Marc Almond recogió del suelo las flores, las besó una a una y las guardó para siempre en su caparazón. “Hay muy pocas noches así”, rescaté de algún comentario entre cortado esperando mi turno para salir de la sala. “Como debe ser” pensé para mis adentros, “como debe ser”.