Texto: Javier Castillo y Jose M. Gallardo
Rock In Rio es un recurso, una excusa, una exposición, un parque temático, un sueño soñado de una manera un tanto surrealista o hiperrealista, según se mire. Un escaparate, un desfile, un mercado, una ciudad de música, dicen. Un encuentro como cualquier otro, pero muy distinto, para todas las edades (bueno, yo me pensaría si llevar a mis hijos), condiciones, colores y motivaciones. Una jungla, una fiesta, una fortuna, un bajón, un éxtasis, como una montaña rusa. Un timo, un regalo, una especulación, una portada (o dos, o…), un programa de televisión, una feria, algo parecido a expo-ocio, un vehículo de promoción para los poderosos, un merendero de firmas de comida basura, un lugar al que uno va y del que se quiere ir corriendo. Una necesidad, un exceso de ego (o dos, o…), un festival musical (o algo parecido) con muchos de esos grupos a los que no irías a ver en tu vida, junto a otros por los que te dejarías el sueldo y harías unos cuantos kilómetros, si hiciera falta… Así podríamos seguir durante días, porque Rock In Rio Madrid 2008 ha sido muchas cosas, buenas y malas, cosas de las que no viene al caso hablar en nuestra página y otras de las que estamos absolutamente satisfechos de poder haber vivido y de poder contar. Por eso y valorando la experiencia como extraña pero muy positiva en lo que nos compete y que podréis leer en las próximas líneas, simplemente destacar que en el fondo eventos como estos no dejan indiferente a nadie y terminan mereciendo la pena. Dicen que habrá nuevamente Rock In Rio en Madrid en 2010, me alegro, aunque será definitivamente otra historia. La historia de 2008 para Supernovapop se resume en las siguientes viñetas.
Neil Young
Lo que mantiene a Neil Young en pie sobre un escenario es la rabia. No puede ser de otra manera. Obsesionado con controlar hasta el más mínimo detalle, sin hacer ningún tipo de concesiones, la carrera de Young ha brillado siempre que ha tenido algo contra lo que posicionarse. Como muestra, un botón. Treinta y cinco años y un aneurisma cerebral después de contribuir activamente a la disolución de CSNY, se reúne con ellos tras grabar un disco en una semana contra la guerra de Irak (Living with War), para iniciar una gira por Estados Unidos en la que básicamente se presenta ese disco y que será recibida con aplausos y gargajos por igual, sirviendo de base para un documental. No está mal para sus 60 años. Chúpate esa Bob Geldof. Este es el antecedente. Hace dos años. Ahora, con este feedback, es más fácil imaginar al canadiense del corazón de oro con los dientes apretados, agarrando su guitarra como la máquina matafascistas que era para Woody Guthrie y desgranando un repertorio que da vigorosos saltos por su dilatada discografía, de Harvest a Chrome Dreams II, disco descartado en los 70 y retomado en 2007 y que sirve de excusa para que este angry old man siga pateando escenarios. Sonó compacto. Sonó agresivo. Sonó tierno. Sonó épico. Pero sobre todo, sonó contundente. Hey, hey, my my. Eso sí, una rendición de media hora de No Hidden Path no es la mejor guinda para no iniciados de un concierto casi perfecto. Menos mal que en el bis se acordó de los Beatles. Después, fuegos artificiales. Viva Canadá.
Stereophonics
Kelly Jones quiere ser una rock star. Siempre lo ha querido. Pero una rock star a la americana. Las chaquetas de vestir y las bufandas que tanto se llevan ahora en Gran Bretaña no van con él. Él es más de chupa de cuero y pantacas negros. Y gafas de sol. Mejor de esas grandes que tapen toda la cara, no sea que se ponga moreno. Así, de esa guisa se presentó sobre el escenario Mundo de Rock In Rio el Viernes. Un sol de justicia y Jones aguantando estoicamente con su camiseta negra de CBGB y su chupa de cuero granate. Punk Rock attitude. Y a uno le da por pensar que es curioso cómo el directo de los de Gales ha mejorado exponencialmente desde que se desprendieron de Stuart Cable. Cómo la voz de Jones crece cada año que pasa. Y cómo Pull the Pin, su último disco, no se sostiene sobre un escenario. Lo saben ellos y lo saben sus seguidores. Quizá por eso se lo quieren quitar de encima lo antes posible. Como algo molesto. Como una carga. Hay que pasar página. Pasar de puntillas por unas canciones que no convencen e intercalarlas con sus canciones de siempre. Así que reservan para el final una aclamada (y esperada) Local Boy in the Photograph. Y Dakota, claro. Y ya nadie se acuerda de que esta gente también tiene canciones malas. Y menos si unos galeses te recuerdan que tu selección ha ganado hace nada la Eurocopa.
Amy Winehouse
Es curioso observar a Amy Winehouse sobre un escenario. No por su look marca registrada repetido hasta la saciedad en portadas de revistas y pasarelas de moda, sino por la aparente facilidad que tiene esta británica para, al mismo tiempo que mira con absoluto desdén al infinito, reinventar la melodía de canciones tan básicas en su corto repertorio como Back to Black o Me & Mr. Jones. Melodías que hacen irreconocibles sus canciones. Melodías nuevas. Diferentes. Que invitan a la crítica y al cianuro. Al “ya va drogada” y al “no tiene ni puta idea de la canción que está cantando”. Pero ella lo sabe muy bien. Se pone cómoda. Se cambia de zapatos en la tercera canción para calzarse unas bailarinas como si estuviese tocando en el salón de su casa en lugar de estar haciéndolo antes más de 30000 personas. Bromas. Guiños. Con sus frenéticos bailarines que parecen recién raptados de un concierto de los Temptations. Con sus músicos. Una copa de vino. Otra. Y más bromas. Y más guiños. Y la mitad del público disfruta. Y la otra mitad espera el histrión. La salida de tono. El puñetazo al fan. Pero hoy, por esta vez, se quedan con las ganas. Hoy no toca. Hoy es el día del concierto decente. De un Love is a losing game tremendamente emotivo. De un Rehab coreado (y aplaudido) por todos, incluso aquellos que esperan que pise la piel de plátano. De la versión marca de la casa del Valery de The Zutons que le regaló Mark Ronson. Y adiós. Amy has left the building.
En el fondo eventos como estos no dejan indiferente a nadie y terminan mereciendo la pena
Jamiroquai
Un Jay Kay pasado de kilos y desprendido de gran parte del glamour que lucía antaño se plantó al frente de su banda Jamiroquai en el escenario Mundo de Rock In Rio dispuesto a demostrar que el rollo este del funk no está tan pasado de moda como todos pensábamos. Y parece que él estaba en lo cierto. Quién lo iba a decir. Jason Kay sin sus clásicos gorros mantiene su carisma intacto. Y una poderosa sección rítmica acompañada del contundente sonido que caracterizó todo el festival hizo el resto. El jazz funk de radiofórmula de los británicos provocó la catarsis. El público, heterogéneo hasta la médula por la pura concepción del festival (desde fans incondicionales de los contoneos y gorgoritos de Shakira hasta los más modernos poperos) decidió entrar al trapo. Dejarse guiar por las consignas de Kay. Y éste, al verse en total control de la situación, tomó la batuta como el director de todo aquello y se empezó a comportar como la estrella que un día fue. Olvidándose del espacio entre artista y público. Olvidándose de que, a veces, las jams eternas no son tan buena idea (Love Foolosophy). Olvidando que su época dorada queda algo atrás (él mismo confesó que, a pesar de estar enfrascado en un nuevo disco, no tiene discográfica). Y con un público bailarín y entregado fue recordando cómo eran los tiempos antes del hype del mes. Los tiempos de chicas cósmicas y vídeos en heavy rotation. Y así se fueron. Dejando en el tintero gran cantidad de hits como Canned Heat. Y hubieron de volver. Por aclamación popular. Para ofrecer una masiva Deeper Underground. Como no podía ser de otra manera.
The Police
Hay cosas que valoradas en su justa medida terminan haciendo grande la existencia y la asistencia a eventos extraños como Rock In Rio. Hay conciertos que valorados en su justa medida te explican porque sigues buscando en salas y festivales ese momento mágico que recuerdas que una vez sentiste. Eso fue el concierto de The Police, una de las mayores satisfacciones de nuestra vida y eso que no confiábamos en esta reunión de un grupo que en su momento facturaba discos sólo correctos y grandiosos grandes éxitos (si coges el recopilatorio de singles Every Breath You Take, lo escuchas y te pones a soñar con escuchar esas canciones en directo y despiertas de repente en Arganda oyéndolas una tras otra, crees que es una broma). Nos comimos los prejuicios. Con un Sting convertido en esa especie de hombre-músico-cantante perfecto a sus más de cincuenta años junto a Andy Summers y Stewart Copeland (peor tratados por el paso del tiempo), The Police hicieron de su legado y su actualización en el presente más que un concierto perfecto, una obra maestra. Simplemente porque no escatimaron, por que no se justificaron, sino que dieron todo y más de lo que ellos mismos se exigen, desde el comienzo con “Message In A Bottle” y “Walking On The Moon”, pasando por la glorificación de temas como, “Don´t Stand So Close To Me”, “Magic”, “Wrapped Around Your Finger”, “De Do Do Do De Da Da Da” o “Can´t Stand Losing You”, hasta un final brutal con “Roxanne” (increíble revisión 2008 de un tema tan emblematico), “King Of Pain”, “So Lonely”, “Every Breath You Take” y un “Next To You” perfectamente elegido para el colofón del repaso a la historia de la banda en todas sus caras más reivindicables. Síganles la pista porque esto tiene pinta de acabar en grabación en DVD por todo lo alto, natural relevo a Synchronicity. Si no, al tiempo.
Bob Dylan
Todo aquel que haya visto ya alguna vez en directo a Dylan en su Gira Interminable sabe a lo que atenerse. Sabe que no se puede esperar mucha actitud ni mucho carisma del genio de Minnesota. ¿O era del Greenwich Village?. Parece que las mil caras descritas en I´m not there de Todd Haynes han quedado resumidas en una. Una cara huraña y parca en florituras. Parca en palabras. Clásica como la que más. Y a la vez consciente de su presente. Consciente de que sus últimos dos discos están a la altura de sus mejores clásicos. Y por eso aplica el mismo tratamiento a cualquiera de sus nuevas composiciones que a, por ejemplo, una recitada de carrerilla Highway 61 Revisited. La edad le quema. El angry young man se ha convertido en el viejo huraño que siempre fue en su interior. Y hace lo que mejor sabe hacer. Enfundarse su traje negro y salir al escenario a reinventarse en todas sus historias. Sin despegarse ni un segundo de sus teclados, dirige con mano férrea a su banda. Y repasa una discografía y unas letras que dentro de poco le valdrán un Nobel. No hubo esta vez Blowin´ in the wind. Tampoco se acordó de la canción que ha masacrado Amaral con la peregrina excusa de la Expo de Zaragoza. Eso sí, el canto rodado sigue girando. Por algo se llama Gira Interminable.
Franz Ferdinand
Ellos mismos dijeron durante el concierto que ya hacía demasiado tiempo que no actuaban en Madrid. Su última actuación fue en Diciembre de 2005 y sinceramente esto les ha beneficiado, tanto para la expectación despertada como la firmeza que han adquirido sobre la tarima. Ya no hay la necesidad imperiosa de entonces por trascender porque en nuestro país ya son uno de los grandes, ni tampoco la necesidad de dejarlo todo dicho, más si cabe si su próximo disco está aún por grabarse. Así relajados ofreciendo su repertorio más popular intercalando temas nuevos ("Turn it on", "Katherine kiss me", "Ulysses" o "What she came for") que tienen la pinta de seguir su propia escuela escorando un poco más al sonido electro gracias a unos sintes muy contundentes, ofrecieron un concierto muy completo. Eran la única concesión del cartel a un mercado más reducido a ese que hace que un grupo que graba en un sello pequeño como Domino trascienda al mundo entero por su música y algún que otro movimiento de marqueting que no les ha venido nada mal, entre su público un crisol variopinto de seguidores. Sonaron las típicas “Michael” (con la que empezaron), “Take Me Out”, “Outsiders”, “Do You Want To” o “This Fire” (con la que terminaron). Dejaron claro que son la punta de lanza de los seguidores del rock para bailar.
Lenny Kravitz
Kravitz tiene dos cosas buenas y dos malas. Las buenas son sus dos primeros discos: “Let Love Rule” y “Mama Said” y su labor racial para que adoremos el rock hecho por músicos negros encabezados por Jimmy Hendrix, pasando por Curtis Mayfield. Las malas son su mediocre carrera posterior dirigida por completo a un mercado multitudinario en el que ha caído en gracia y su manía por lo mesiánico, por creerse líder espiritual de masas corderas a las que manda mensajes contradictorios, el último abogar por la castidad antes del matrimonio o durante el concierto pedir al público que no fume porque perjudica a su voz y pedirlo por el propio beneficio del público, “así tendréis lo mejor de mí”, dijo. Por eso y como Kravitz es ambas partes su concierto tuvo un poco de todo eso. El principio fue descomunal, con uno de los mejores sonidos del festival apoyado en su repertorio más rockero que le pusieron en el climax del concierto muy rápido mientras sonaban, “Bring It On”, “Always On The Run”, “Dig In”, “Fields For Joy” y “It Ain´t Over ´Til It´s Over” con la que inauguró esa segunda parte más tostón, que finiquitó con la previsible “American Woman”. El exceso llegó con los veinte minutos de “Let Love Rule” que acabó con el propio Lenny dándose el baño de multitudes que tanto le motiva moviéndose entre el público, besando niños y demás que para los que le han visto más de una vez ya resulta tedioso. Menos mal que al final acabó su concierto con “Are You Gonna Go My Way” en pura apoteosis rockista, cerrando el festival previo a los fuegos artificiales.