Coincidiendo con su visita a España para participar en el Festival Palabra y Música (donde realizó una performance junto al músico electrónico Strand) y de la promoción de su nueva novela, “Una puerta al río”, el escritor Barry Gifford estuvo esta semana en la Filmoteca Española presentando una proyección de “Carretera perdida”, la película que coescribió con David Lynch en 1997. De anfitrión e intérprete ejerció su amigo Ray Loriga, quien definió el trasfondo de la obra de Gifford como “un sueño americano distinto”. El estadounidense mostró su satisfacción al ver la sala medio llena y comprobar “que todavía hay un público interesado en la película” pero, decepcionantemente, abortó cualquier esperanza de coloquio al decir: “No voy a responder preguntas porque David Lynch y yo llegamos al pacto de no explicar el film… ni siquiera el uno al otro”.
Como en el surrealismo o como en el mundo onírico, el film viola a propósito la lógica narrativa racional
Hay algo en “Carretera perdida” que la sitúa muy en su época y que hoy en día rechina. Me refiero a los cameos de Marilyn Manson y Twiggy Ramirez y a esas canciones de Rammstein y el propio Manson, de Smashing Pumpkins y Nine Inch Nails, introducidas en plan pegote. En aquel momento podía ser muy molón (para algunos), pero lo cierto es que es algo que enseguida quedó ‘out’. No obstante, creo que ese es el único aspecto en el que el paso del tiempo le ha hecho flaco favor a la peli. Once años después, se revela como un título absolutamente clave en la filmografía de Lynch. Recapitulemos un poco: “Lost Highway” llega siete años después del primer encuentro con Gifford (en este caso una adaptación de su novela “Corazón salvaje”) y cinco después de la fallida “Twin Peaks: Fuego camina conmigo”, objeto de abucheos y pataleos masivos en Cannes. Muchos daban la carrera de Lynch por finiquitada y, de hecho, algunas de las críticas de su peli del 97 reincidían en ese aspecto amparándose en un cuestionable criterio: no la entendían.
A día de hoy, esa opinión sigue siendo un clásico. Cuando le dices a alguien que te gusta esa cinta, o “Mulholland Drive”, o “Inland Empire”, es muy probable que ese alguien te diga, “pues cuéntame de qué va”. Craso error: como en el surrealismo o como en el mundo onírico, el film viola a propósito la lógica narrativa racional. Deja de convertirse en una historia anclada en la realidad para evadirse hacia un mundo diferente, plasmado desde los entresijos mentales de su protagonista. Como en el cine de Buñuel o las novelas de Kafka, es inútil intentar acoplarlo a los esquemas de la narrativa tradicional. Claro que el propio Gifford, pese a lo dicho en la Filmoteca, incurrió en el mismo error al intentar dar demasiadas pistas. El autor ha declarado que el film era un estudio psicológico sobre una enfermedad llamada fuga psicogenétic